Cultura y Mente
Febrero 2019
Gnothi seauton (Conócete a ti mismo)
miércoles, 30 de enero de 2019
martes, 29 de enero de 2019
Un cuento para Febrero
¿Por qué eres "eso"?
Adela conducía un Maserati último modelo. Volvía del Hotel Palace de haber pasado la noche con un cliente, un tal Mr. Holding que le fue presentado por una amiga en el cóctel de inauguración de una exposición de la galería Koxko. Estaba contenta, aparte de su tarifa, había recibido una gratificación de otros 1.000 euros. Total 3.000
Madrid amanecía, aquella mañana de primavera, con elegancia. El día era fresco y claro; un tono anaranjado iluminaba los edificios más altos de la ciudad indicando que el sol se estaba encendiendo.
Lo que más le gustaba a Adela cuando volvía de su trabajo, amaneciendo, era ver a la gente salir de la boca del metro para dirigirse trotando a sus oficinas, otros, se metían en las cafeterías recién abiertas para tomar un café. Le encantaba observar este tráfago de gentes, todos a su rollo, todos a dejarse someter, a alquilar su existencia por un salario. Ella estaba al margen de esta vorágine. Ella escogía a sus clientes, a través de la agencia, y ganaba en un día lo que estos desgraciados ganaban en dos meses.
El suave zumbido del motor del coche era acompañado por la música suave que salía del receptor de radio. Circunvaló las Cibeles y tomó el Paseo de la Castellana en dirección a su apartamento, no muy lejos. Iba alegre, demasiado alegre conduciendo ya que al tomar una curva para desviarse el vehículo derrapó y se estrelló contra un árbol.
Adela se despertó en un hospital. No supo cuanto tiempo estuvo inconsciente, quizá horas, quizá días.
Afortunadamente Adela no estaba en un horrible hospital público, donde el paciente comparte habitación con otros dos enfermos. No, la habitación parecía a la de un hotel. Recordó que su seguro médico era excelente, el más caro.
Como la luz ambiental que entraba por la ventana estaba amortiguada por la persiana Adela se sumergió en un duermevela. Su mente se desplazó como flotando a su vida anterior, a la vida sórdida de una casa pobre, con unos padres idiotizados por la miseria y por las humillaciones sufridas a los largo de sus vidas de peones.
Veía, como en una pantalla de un cine, como la casa de sus padres estaba en una calle muy ancha, excesivamente soleada y polvorienta de un mísero pueblo manchego, feo y destartalado. Adela a sus diecinueve años de edad era una mujer con un cuerpo espectacular que ella reservaba para quien se lo mereciera, no era excesivamente bella aunque su rostro irradiaba salud y lozanía y su mirada era penetrante y seductora. No tenía cara de mensa a pesar de ser una pueblerina. Lo único que aprendió sobreviviendo allí fue un curso que hizo en el Inem acerca de la crianza y el cultivo de los caracoles.
Adela desertó del lugar y marchó a Madrid con la intención solo de vivir bien, muy bien. Se lo merecía ¿por qué no? En la capital refinó su habla, modales y su aspecto físico, aprendió a vestir y a estar. Entró en la agencia, a través de una conocida, y desde allí, por un 20% de comisión de sus ganancias, le buscaban clientes que ella seleccionaba según la "pinta" Los hombres con aspecto chulescos o guarrindongos eran desehechados, los clientes con caras bondadosas y tranquilos y de mediana edad eran sus preferidos. Con su trabajo ganaba mucho dinero que ella despilfarraba sin apenas darse cuenta.
No olía mal aquel hospital y la decoración de la habitación era muy grata. Lo bueno es caro, se dijo recordando el precio de su seguro privado.
-Buenas tardes, señorita Adela
-¿Usted, quién es?
-Soy su acompañante de tarde. Una hora para charlar con usted, para que no se encuentre sola. Así lo establece el contrato de su seguro.
-¡Qué detalle! Una acompañante... qué buen trabajo
-Es que yo soy psicóloga y mi trabajo consiste es confortar y dar ánimo a los residentes de esta clínica.
-¿Y gana usted mucho dinero trabajando de acompañante?
-Unos dos mil euros al mes.
Adela se tapó la mitad inferior de la cara con el embozo de la sábana para disimular una sarcástica sonrisa al mismo tiempo que pensaba: Esta pava gana al mes, trabajando de acompañante, lo que yo gano en una tarde con un cliente... trabajando de acompañante.
Adela conducía un Maserati último modelo. Volvía del Hotel Palace de haber pasado la noche con un cliente, un tal Mr. Holding que le fue presentado por una amiga en el cóctel de inauguración de una exposición de la galería Koxko. Estaba contenta, aparte de su tarifa, había recibido una gratificación de otros 1.000 euros. Total 3.000
Madrid amanecía, aquella mañana de primavera, con elegancia. El día era fresco y claro; un tono anaranjado iluminaba los edificios más altos de la ciudad indicando que el sol se estaba encendiendo.
Lo que más le gustaba a Adela cuando volvía de su trabajo, amaneciendo, era ver a la gente salir de la boca del metro para dirigirse trotando a sus oficinas, otros, se metían en las cafeterías recién abiertas para tomar un café. Le encantaba observar este tráfago de gentes, todos a su rollo, todos a dejarse someter, a alquilar su existencia por un salario. Ella estaba al margen de esta vorágine. Ella escogía a sus clientes, a través de la agencia, y ganaba en un día lo que estos desgraciados ganaban en dos meses.
El suave zumbido del motor del coche era acompañado por la música suave que salía del receptor de radio. Circunvaló las Cibeles y tomó el Paseo de la Castellana en dirección a su apartamento, no muy lejos. Iba alegre, demasiado alegre conduciendo ya que al tomar una curva para desviarse el vehículo derrapó y se estrelló contra un árbol.
Adela se despertó en un hospital. No supo cuanto tiempo estuvo inconsciente, quizá horas, quizá días.
Afortunadamente Adela no estaba en un horrible hospital público, donde el paciente comparte habitación con otros dos enfermos. No, la habitación parecía a la de un hotel. Recordó que su seguro médico era excelente, el más caro.
Como la luz ambiental que entraba por la ventana estaba amortiguada por la persiana Adela se sumergió en un duermevela. Su mente se desplazó como flotando a su vida anterior, a la vida sórdida de una casa pobre, con unos padres idiotizados por la miseria y por las humillaciones sufridas a los largo de sus vidas de peones.
Veía, como en una pantalla de un cine, como la casa de sus padres estaba en una calle muy ancha, excesivamente soleada y polvorienta de un mísero pueblo manchego, feo y destartalado. Adela a sus diecinueve años de edad era una mujer con un cuerpo espectacular que ella reservaba para quien se lo mereciera, no era excesivamente bella aunque su rostro irradiaba salud y lozanía y su mirada era penetrante y seductora. No tenía cara de mensa a pesar de ser una pueblerina. Lo único que aprendió sobreviviendo allí fue un curso que hizo en el Inem acerca de la crianza y el cultivo de los caracoles.
Adela desertó del lugar y marchó a Madrid con la intención solo de vivir bien, muy bien. Se lo merecía ¿por qué no? En la capital refinó su habla, modales y su aspecto físico, aprendió a vestir y a estar. Entró en la agencia, a través de una conocida, y desde allí, por un 20% de comisión de sus ganancias, le buscaban clientes que ella seleccionaba según la "pinta" Los hombres con aspecto chulescos o guarrindongos eran desehechados, los clientes con caras bondadosas y tranquilos y de mediana edad eran sus preferidos. Con su trabajo ganaba mucho dinero que ella despilfarraba sin apenas darse cuenta.
No olía mal aquel hospital y la decoración de la habitación era muy grata. Lo bueno es caro, se dijo recordando el precio de su seguro privado.
-Buenas tardes, señorita Adela
-¿Usted, quién es?
-Soy su acompañante de tarde. Una hora para charlar con usted, para que no se encuentre sola. Así lo establece el contrato de su seguro.
-¡Qué detalle! Una acompañante... qué buen trabajo
-Es que yo soy psicóloga y mi trabajo consiste es confortar y dar ánimo a los residentes de esta clínica.
-¿Y gana usted mucho dinero trabajando de acompañante?
-Unos dos mil euros al mes.
Adela se tapó la mitad inferior de la cara con el embozo de la sábana para disimular una sarcástica sonrisa al mismo tiempo que pensaba: Esta pava gana al mes, trabajando de acompañante, lo que yo gano en una tarde con un cliente... trabajando de acompañante.
sábado, 26 de enero de 2019
Un libro de mi biblioteca
El miedo a la libertad
Autor: Erich Fromm
Creemos que casi todas las personas nos hemos preguntado que es la libertad, sobre todo los que fuimos criados y educados bajo un régimen tan autoritario como fue desde la posguerra hasta principios de los años 80.
En el año 1994 compré este libro y lo leí en mi tiempo libre. Ahora, 25 años después, en mi vejez, volví a leerlo y como siempre sucede en estos casos le saqué un significado diferente pero muy aclaratorio.
En la contraportada leemos: "Este libro intenta explicar los aspectos de la crisis contemporánea de la civilización occidental relacionada con la libertad del hombre, acechada por un permanente fascismo y una creciente estandarización de los individuos en las sociedades avanzadas, unas formas colectivas de evadir la libertad"
En el sublime prefacio de Gino Germani se dice: "La democracia puede subsistir solamente si se logra un fortalecimiento y una expansión de la personalidad de los individuos, que los haga dueños de una voluntad y un pensamiento auténticamente propios. El hombre contemporáneo está llamado a refugiarse en alguna forma de evasión de la libertad"
Fromm nos pregunta en el capítulo que titula "La Libertad como problema psicológico" ¿Es el deseo de la libertad algo inherente a la naturaleza de los hombres? Junto a un deseo innato de libertad hay también un anhelo instintivo de sumisión. Cada persona tiene sus propios instintos como el amor, el odio, el deseo de poder y ese anhelo de sumisión; todos ellos son resultantes del proceso social en el que se ha criado y educado.
Frente a la libertad está la sumisión que es el único método para evitar la soledad y la angustia. Es vital para las personas conseguir un proceso de individuación a través de un crecimiento del yo, contando siempre si las condiciones económicas, sociales y políticas son las adecuadas porque si no el hombre caerá en la insignificancia de su propio yo y en su impotencia.
La conciencia es un negrero explotador que el hombre se ha colocado detrás de sí mismo y que le obliga a obrar de acuerdo con los deseos que él cree suyos propios, mientras que en realidad no son otras cosas que las exigencias sociales externas que se han hecho internas.
En nuestra sociedad una persona considerada normal en adaptación al medio social es a menudo menos sana que una persona neurótica. Frecuentemente el adaptado, el normal, se tuvo que despojar de su yo con el fin de transformarse en el tipo de persona que cree que debe ser él. El neurótico, sin embargo, resulta menos mutilado que el normal que ha perdido su personalidad.
Autor: Erich Fromm
Creemos que casi todas las personas nos hemos preguntado que es la libertad, sobre todo los que fuimos criados y educados bajo un régimen tan autoritario como fue desde la posguerra hasta principios de los años 80.
En el año 1994 compré este libro y lo leí en mi tiempo libre. Ahora, 25 años después, en mi vejez, volví a leerlo y como siempre sucede en estos casos le saqué un significado diferente pero muy aclaratorio.
En la contraportada leemos: "Este libro intenta explicar los aspectos de la crisis contemporánea de la civilización occidental relacionada con la libertad del hombre, acechada por un permanente fascismo y una creciente estandarización de los individuos en las sociedades avanzadas, unas formas colectivas de evadir la libertad"
En el sublime prefacio de Gino Germani se dice: "La democracia puede subsistir solamente si se logra un fortalecimiento y una expansión de la personalidad de los individuos, que los haga dueños de una voluntad y un pensamiento auténticamente propios. El hombre contemporáneo está llamado a refugiarse en alguna forma de evasión de la libertad"
Fromm nos pregunta en el capítulo que titula "La Libertad como problema psicológico" ¿Es el deseo de la libertad algo inherente a la naturaleza de los hombres? Junto a un deseo innato de libertad hay también un anhelo instintivo de sumisión. Cada persona tiene sus propios instintos como el amor, el odio, el deseo de poder y ese anhelo de sumisión; todos ellos son resultantes del proceso social en el que se ha criado y educado.
Frente a la libertad está la sumisión que es el único método para evitar la soledad y la angustia. Es vital para las personas conseguir un proceso de individuación a través de un crecimiento del yo, contando siempre si las condiciones económicas, sociales y políticas son las adecuadas porque si no el hombre caerá en la insignificancia de su propio yo y en su impotencia.
La conciencia es un negrero explotador que el hombre se ha colocado detrás de sí mismo y que le obliga a obrar de acuerdo con los deseos que él cree suyos propios, mientras que en realidad no son otras cosas que las exigencias sociales externas que se han hecho internas.
En nuestra sociedad una persona considerada normal en adaptación al medio social es a menudo menos sana que una persona neurótica. Frecuentemente el adaptado, el normal, se tuvo que despojar de su yo con el fin de transformarse en el tipo de persona que cree que debe ser él. El neurótico, sin embargo, resulta menos mutilado que el normal que ha perdido su personalidad.
miércoles, 26 de diciembre de 2018
Un libro de mi biblioteca
La lucha por la vida. La busca
Autor: Pío Baroja
Madrid fue como un imán, algo fascinante para Pío Baroja (y también para mí, me refiero al Madrid que conocí y disfruté, desde enero 1965 hasta la primavera de 1968).
Pío Baroja era un verdadero enamorado de Madrid de principios del siglo XX En esta trilogía lo demostró.
"El tiempo que marca un reloj es el cañamazo en donde bordamos las tonterías de nuestra vida. Hacía ya largo rato que los caballos de la noche galopaban por el cielo. Era la hora del misterio; la hora de la gente maleante ; la hora en que el poeta picara en la inmortalidad"
"Cuando uno de los compañeros de viaje anunció que ya estaba en Madrid, Manuel sintió verdadera angustia mezclada con emoción. El tren iba aminorando su marcha; pasaba por delante de barriadas pobres y de casas sórdidas. Descendieron los viajeros; bajó Manuel con su fardillo de ropa en la mano, miró a todas partes buscando a su madre que lo esperaba. Madre e hijo salieron de la estación de Atocha al Paseo del Prado, después subieron por la calle Alcalá. Una nube de polvo llenaba el aire. Al llegar a la casa, la Petra, la dueña de la pensión, dio de cenar a Manuel y le hizo la cama en un colchón en el suelo"
"El primer trabajo de Manuel en Madrid fue el de zapatero. Es un decir, su trabajo consistía en desarmar y deshacer botas y zapatos viejos para aprovechar las piezas que se podían usar. El señor Ignacio, el jefe de Manuel, era un liberal. En cuestiones de religión se mostraba partidario de la libertad de cultos. El hijo del señor Ignacio, Leandro, era un anticlerical convencido"
"Estaba lloviendo a cántaros, Manuel llegó a la Puerta del Sol, entró en el café de Levante y se sentó cerca de una ventana. Huía la gente endomingada corriendo a refugiarse en los portales de la ancha plaza. Cuando Manuel volvió a su casa se enteró que su compañero de trabajo, Leandro, había matado a su novia"
"Madrid, plano, blanquecino, bañado por la humedad, brotaba de la noche con sus tejados, que cortaban en una línea recta el cielo. En el silencio del amanecer, el pueblo y el paisaje lejano tenía algo de lo irreal y de lo inmóvil de una pintura"
"Un día Manuel se encontró cerca del Puente de Segovia con el Bizco y otro golfo que le acompañaba. El Bizco , un delincuente habitual, tenía el aspecto ceñudo y brutal de siempre. Iban según le dijeron, al cruce del camino de Aravaca para reunirse con el Cura y el Hospiciano para preparar el robo de una casa. Invitaron a Manuel a unirse a la banda de forajidos pero él rechazó la invitación.
Todas las noches Madrid se llenaba de busconas, chulos y celestinas. Abundaban los parásitos, los holgazanes y los borrachos. De día Madrid trabajaba y era decente, de noche caía en el vicio"
Autor: Pío Baroja
Madrid fue como un imán, algo fascinante para Pío Baroja (y también para mí, me refiero al Madrid que conocí y disfruté, desde enero 1965 hasta la primavera de 1968).
Pío Baroja era un verdadero enamorado de Madrid de principios del siglo XX En esta trilogía lo demostró.
"El tiempo que marca un reloj es el cañamazo en donde bordamos las tonterías de nuestra vida. Hacía ya largo rato que los caballos de la noche galopaban por el cielo. Era la hora del misterio; la hora de la gente maleante ; la hora en que el poeta picara en la inmortalidad"
"Cuando uno de los compañeros de viaje anunció que ya estaba en Madrid, Manuel sintió verdadera angustia mezclada con emoción. El tren iba aminorando su marcha; pasaba por delante de barriadas pobres y de casas sórdidas. Descendieron los viajeros; bajó Manuel con su fardillo de ropa en la mano, miró a todas partes buscando a su madre que lo esperaba. Madre e hijo salieron de la estación de Atocha al Paseo del Prado, después subieron por la calle Alcalá. Una nube de polvo llenaba el aire. Al llegar a la casa, la Petra, la dueña de la pensión, dio de cenar a Manuel y le hizo la cama en un colchón en el suelo"
"El primer trabajo de Manuel en Madrid fue el de zapatero. Es un decir, su trabajo consistía en desarmar y deshacer botas y zapatos viejos para aprovechar las piezas que se podían usar. El señor Ignacio, el jefe de Manuel, era un liberal. En cuestiones de religión se mostraba partidario de la libertad de cultos. El hijo del señor Ignacio, Leandro, era un anticlerical convencido"
"Estaba lloviendo a cántaros, Manuel llegó a la Puerta del Sol, entró en el café de Levante y se sentó cerca de una ventana. Huía la gente endomingada corriendo a refugiarse en los portales de la ancha plaza. Cuando Manuel volvió a su casa se enteró que su compañero de trabajo, Leandro, había matado a su novia"
"Madrid, plano, blanquecino, bañado por la humedad, brotaba de la noche con sus tejados, que cortaban en una línea recta el cielo. En el silencio del amanecer, el pueblo y el paisaje lejano tenía algo de lo irreal y de lo inmóvil de una pintura"
"Un día Manuel se encontró cerca del Puente de Segovia con el Bizco y otro golfo que le acompañaba. El Bizco , un delincuente habitual, tenía el aspecto ceñudo y brutal de siempre. Iban según le dijeron, al cruce del camino de Aravaca para reunirse con el Cura y el Hospiciano para preparar el robo de una casa. Invitaron a Manuel a unirse a la banda de forajidos pero él rechazó la invitación.
Todas las noches Madrid se llenaba de busconas, chulos y celestinas. Abundaban los parásitos, los holgazanes y los borrachos. De día Madrid trabajaba y era decente, de noche caía en el vicio"
Un cuento para el mes de enero
Todo lo que sube, baja
-Pepillo, quien nos iba a decir...
-Cállate, mujer, que nos puede oír el chófer
El susurro del potente motor del coche ayudaba a repensar aquel sueño que se convirtió en realidad cuando el partido Cuesco lo incluyó, de relleno, en la lista de compromisarios y sin saber cómo el Partido ganó las elecciones por mayoría absoluta.
Pepillo entró en la ejecutiva y al poco tiempo fue elegido Gran Gerifalte, el más alto cargo de Cuesco. Desde entonces dejó de llamarse Pepillo, el hijo de la Lechona, para denominarse por ley y por arte de barbiloque de eso que llaman democracia en don José Rafael de Maturano y Mediano ( el "de" y la "y" lo incorporó al apellido porque sonaba a alguien grande e importante).
La caravana estaba formada por cinco imponentes vehículos negros acharolados que circulaba mayestáticamente por la carretera. Eran casi iguales aunque dos de estos coches era para la escolta del Gran Gerifalte, otro vehículo era donde viajaba el prócer y su esposa y los otros dos los que transportaban a funcionarios, diputados y lacayos íntimos.
-Recuerdas -siguió con la tabarra la esposa del GG al mismo tiempo que apretaba un botón para subir el vidrio separador entre el chófer y el asiento trasero- que digo, recuerdas cuando éramos casi pobres y vivíamos de tu miserable sueldo. ¡Qué asquito!
-Eso es ya historia, mujer. Mira ahora. Todo el mundo me sonríe y ríen mis gracietas. Todos me obedecen como perros sabuesos esperando que los gratifique con un puesto más alto y rentable.
-Me bulle en la cabeza, Pepillo, un poner, ¿si no te has parado a pensar que colocando al hijo de tu hermano, que es algo atrasado e inútil, en ese puesto tan importante no te has pasado un poco?
-Pobre muchacho, es un cacho pan duro de lo tonto que es. Tienes que saber, mujer, que los cargos políticos son farfollas, los que hacen y deshacen son los asesores, gente muy lista, muy sabihonda...
-¡Ay Pepillo, que listo eres!
-¿Recuerdas lo que decía tu madre que en gloria esté? La pobreza te puede enseñar dos cosas: que te acobardes y te contentes con las migajas que te den o que te rebeles y vivas a costa de los más humildes.
-¡Qué pena que dure esto solo cuatro años! -se quejó el excelentísimo Gran Gerifalte mientras se tocaba la entrepiernas para colocar en posición grata el escroto- aunque yo creo que con suerte esta gente nos vota otra vez... hasta que se canse y le toque el turno a la oposición.
-Pepillo estamos llegando a la inauguración de la cooperativa. Ponte bien la corbata y súbete los pantalones que pareces a Cantinflas.
-Lo que más me fastida de todo esto es tener que llevar corbata de seda natural y zapatos ingleses, que tanto me aprietan. Esta asesora de imagen me mata con sus consejos.
-Recuerda Pepillo, hay que sufrir para ganarse el jornal, el que algo quiere algo le cuesta, el que...
-Cállate mujer, que ya hemos llegado- dijo el GG al mismo tiempo que sonreía a los habitantes del pueblo que esperaban ateridos de frío en la explanada portando banderitas de papel y sonrisas de sometimiento.
-Pepillo, quien nos iba a decir...
-Cállate, mujer, que nos puede oír el chófer
El susurro del potente motor del coche ayudaba a repensar aquel sueño que se convirtió en realidad cuando el partido Cuesco lo incluyó, de relleno, en la lista de compromisarios y sin saber cómo el Partido ganó las elecciones por mayoría absoluta.
Pepillo entró en la ejecutiva y al poco tiempo fue elegido Gran Gerifalte, el más alto cargo de Cuesco. Desde entonces dejó de llamarse Pepillo, el hijo de la Lechona, para denominarse por ley y por arte de barbiloque de eso que llaman democracia en don José Rafael de Maturano y Mediano ( el "de" y la "y" lo incorporó al apellido porque sonaba a alguien grande e importante).
La caravana estaba formada por cinco imponentes vehículos negros acharolados que circulaba mayestáticamente por la carretera. Eran casi iguales aunque dos de estos coches era para la escolta del Gran Gerifalte, otro vehículo era donde viajaba el prócer y su esposa y los otros dos los que transportaban a funcionarios, diputados y lacayos íntimos.
-Recuerdas -siguió con la tabarra la esposa del GG al mismo tiempo que apretaba un botón para subir el vidrio separador entre el chófer y el asiento trasero- que digo, recuerdas cuando éramos casi pobres y vivíamos de tu miserable sueldo. ¡Qué asquito!
-Eso es ya historia, mujer. Mira ahora. Todo el mundo me sonríe y ríen mis gracietas. Todos me obedecen como perros sabuesos esperando que los gratifique con un puesto más alto y rentable.
-Me bulle en la cabeza, Pepillo, un poner, ¿si no te has parado a pensar que colocando al hijo de tu hermano, que es algo atrasado e inútil, en ese puesto tan importante no te has pasado un poco?
-Pobre muchacho, es un cacho pan duro de lo tonto que es. Tienes que saber, mujer, que los cargos políticos son farfollas, los que hacen y deshacen son los asesores, gente muy lista, muy sabihonda...
-¡Ay Pepillo, que listo eres!
-¿Recuerdas lo que decía tu madre que en gloria esté? La pobreza te puede enseñar dos cosas: que te acobardes y te contentes con las migajas que te den o que te rebeles y vivas a costa de los más humildes.
-¡Qué pena que dure esto solo cuatro años! -se quejó el excelentísimo Gran Gerifalte mientras se tocaba la entrepiernas para colocar en posición grata el escroto- aunque yo creo que con suerte esta gente nos vota otra vez... hasta que se canse y le toque el turno a la oposición.
-Pepillo estamos llegando a la inauguración de la cooperativa. Ponte bien la corbata y súbete los pantalones que pareces a Cantinflas.
-Lo que más me fastida de todo esto es tener que llevar corbata de seda natural y zapatos ingleses, que tanto me aprietan. Esta asesora de imagen me mata con sus consejos.
-Recuerda Pepillo, hay que sufrir para ganarse el jornal, el que algo quiere algo le cuesta, el que...
-Cállate mujer, que ya hemos llegado- dijo el GG al mismo tiempo que sonreía a los habitantes del pueblo que esperaban ateridos de frío en la explanada portando banderitas de papel y sonrisas de sometimiento.
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