Las dos amigas tóxicas de Adela
Cuando conocí a Adela era todavía, a sus 50 años de edad, una mujer atractiva. Trabajaba como profesora de piano en el Conservatorio María Eugenia de Granada y visitaba la librería que yo regentaba para hojear y a veces comprar libros de historia y de arte.
El azar hizo que contactáramos a través del Facebook, en mi época de jubilado, y me explicó que se había retirado a un pueblo de la Axarquía malagueña donde conservó la casa de sus padres para su jubilación. Me costó trabajo adaptarme a la vida laxa del pueblo -me explicó- pero aquí estoy, todavía no he sucumbido y llevo ya casi veinte años viviendo aquí.
En otros post me explicó que nada más llegar a su pueblo serrano intentó retomar la amistad de dos amigas de la infancia, de cuando iban a la escuela municipal. Fracasó porque estas amigas se habían anclado a un sistema de vida muy diferente al suyo; eran mujeres tóxicas pues solo hablaban de sus fracasos en la vida y de sus molestias y enfermedades naturales que afectan a toda persona mayor de setenta años de edad.
De estas dos amigas que te comenté -me explicó Adela en otro message- la que parece la más espabilada, que por cierto es tonta de remate, estudió empresariales y cuando se casó con un empresario de la comarca en vez de tomar parte de las riendas del próspero negocio de distribución de maquinaria agrícola, para huir del trabajo y de cualquier tipo de responsabilidad le dio por dejarse embarazar hasta parir hijos: cinco en total. Así se libraba de la obligación de trabajar en la empresa familiar ya que tenía que cuidar a sus roros.
Con el tiempo esta mujer se idiotizó a tal extremo que ni quería hablar de los proyectos empresariales que tenía en mente su marido. Ella erre que te terre, que si los niños arman mucho escándalo en la piscina, que si la nena rompió un jarrón, que si el pobrecito Manolito, el hijo autista, siempre estaba llorando, que si esto que si aquello. El marido cansado de tanta estupidez de su mujer-coneja-paridora se divorció de esta tras una tumultuosa separación legal que la dejó sola con dos hijas aparentemente algo taradas y tres hijos que vivían en el norte de España.
Salir con esta amiga es escuchar un rosario de penas y vicisitudes donde ella aparece siempre como la eterna víctima ya que le cuesta trabajo reconocer que ella y solo ella es precisamente la culpable de su desgracia, por inane y perezosa.
Ya ves Ramón la tragedia de mi vejez -sigue comentando Adela en otro message- aparte de soportar como puedo mis 76 años de edad y cansar mi vista releyendo a los clásicos españoles debo aguantar las chochadas de mis dos amigas tóxicas de las cuales no me puedo desprender.
La otra amiga tóxica se llama Juana, era la más pobre de la pandilla. Te recuerdo que entonces todos los españolitos que nacimos en la inmediata posguerra estábamos muy influenciados por la separación de clases sociales. Juana era una de los muchos hijos que tenía el peón caminero del pueblo, pobre a rabiar. Pero como niñas de diez años todas éramos muy amigas.
Ahora cuando entro en su modesta casa y la veo allí sentada contemplando en la televisión uno de esos horrendos programas de cocineros me acuerdo lo que me contaron de sus desdichado matrimonio. Casó con un hombre mayor que ella, viudo y brutal en el trato ya que la tenía esclavizada. Para colmo el hombre se quedó inválido en una silla de ruedas y estaba todo el día en casa, dando gritos y órdenes a su atemorizada esposa. Comentan que una vez que se enfadó este jumento humano que era su marido, ordenó a Juana que se acercara, se arrodillara ante él que estaba en su silla de inválido para poder darle una sonora bofetada como castigo a algo mal hecho. Ella calló pero tiempo después se supo por medio de uno de los hijos, que era policía armada en Córdoba. Menos mal que murió el marido y ella pudo vivir casi en paz durante varios años aunque quedó tocada de la cabeza. Era temerosa de todo y de todos, incapaz de tomar una decisión tan simple si blanquear la fachada de su casa en una fecha o en otra.
Mi amiga Adela y sus amigas tóxicas siguen viviendo en aquel pueblo de la Axarquía, ahora invadido por extranjeros, y ella me comenta, tristemente, que al fin y a cabo, todos los ríos mueren en la mar, quizá rememorando a Jorge Manrique. Y es que la vida es un puro teatro, una payasada.
miércoles, 26 de junio de 2019
martes, 25 de junio de 2019
Un cuento no tan cuento
Ella
Ella, doña Luisa de la Hoz, Presidenta del Organismo Estatal, se consideraba omnipotente en toda la Provincia, la más lista, la más brillante y la más...cruel. Era una psicópata disimulada de eficacia política. Ella disfrutaba hundiendo profesionalmente a la gente bajo su dirección por el mero hecho de no caerles bien y disfrutaba también viendo las caras de sumisión de sus subalternos, hombres y mujeres, que al azar, más que por sus méritos, promocionaba por el mero placer de disfrutar de sus carantoñas aduladoras.
Doña Luisa de la Hoz tenía esa edad difícil para algunas mujeres cincuentonas y además carecía de belleza física y para colmo, su penetrante y fría mirada apartaba de ella a cualquier persona que se le acercara con intenciones amigables.
Vivía sola en un lujoso duplex, tan recargado de muebles y accesorios como el departamento de muebles de una tienda de decoración. Necesita algo más, algo que tras la vuelta de su trabajo le hiciera recordar que también era un ser humano ¿ Necesitaba una mascota? Sí, aunque no sería ni un gato ni un perro, Sería un hombre... domesticado, naturalmente, por ella.
Trabajando en el mismo lujoso edificio oficial se encontraba Adela, una mujer joven, agradable, bella y exquisita con el trato a sus subordinados. Era la jefa de Documentación. Era, así decían en los despachos y en los pasillos, la enemiga número uno de la Presidenta por el mero hecho de ser tan atractiva y jovial.
Doña Luisa no la soportaba, la odiaba intensamente y ordenó al jefe de recursos humanos que Adela fuese trasladada al sótano, pero con la misma categoría y sueldo, a la sección de archivos. Así ya no la vería más caminar por los pasillos sonriendo a diestros y siniestros.
Pasaron algunos días y doña Luisa de la Hoz escogió como pet, como animal de compañía, a un dependiente de aspecto bobalicón y servicial, pero buen mozo, de la Tienda Net-Punto-Com
Arturo era el hombre ideal para Ella y acertó con la elección. Arturo era servidor, obediente, buen amante en la cama, siempre que ella lo solicitara, avezado calentador de comidas precocinadas, y un relleno ejemplar, era el perfecto mueble-humano para cualquier hogar. Todo era ideal en el duplex, todo estaba a la perfección según el plan que ideó la Presidenta.
Adela llevaba casi medio año desterrada en el sótano y oliendo a diario ese hedor que rezumaban las tuberías de desagüe de los lavabos de las plantas superiores que bajaban desnudas junto algunos pilares.
Adela estaba desesperada, no se merecía tal afrenta ¿Qué hacía allí entre polvorientos legajos y con una ayudanta a punto de jubilarse que le olía la boca peor que las tuberías de los desagües?
Antonio, la nueva adquisición de doña Luisa, estaba recostado sobre aquel lujoso sillón de suave piel viendo con desgana un documental sobre las Bahamas y sorbiendo en un vaso de cristal tallado un güisqui Macallan 30 sin hielo. En las películas había visto que beber whisky sin hielo era señal de ser un buen catador. Antonio reflexionaba: Qué suerte he tenido con esta vieja, yo que a mis 38 años de edad ganaba una miseria en la tienda estoy ahora hecho un señor. Vivo como un marqués. Y como Ella está casi todo el día trabajando no me da la carga con sus manías. Hago lo que quiero siempre que Ella me encuentre en casa a la hora que ordene.
El Paseo junto al río Zumeta estaba bordeado de álamos que refrescaba el ambiente de aquel mediodía del mes de mayo. Una pasarela peatonal cruzaba el pequeño río, que desde la zona de oficinas oficiales acercaba a la gente a la parte residencial de la ciudad.
Doña Luisa de la Hoz caminaba por la pasarela a diario para dirigirse a su hogar. Hacia la mitad del puentecillo se topó de frente con Adela y se hizo la distraída. Adela saco un revólver de su bolso y le dio dos tiro a la Presidenta doña Luisa de la Hoz que la dejó más tiesa que la mojama.
Ella, doña Luisa de la Hoz, Presidenta del Organismo Estatal, se consideraba omnipotente en toda la Provincia, la más lista, la más brillante y la más...cruel. Era una psicópata disimulada de eficacia política. Ella disfrutaba hundiendo profesionalmente a la gente bajo su dirección por el mero hecho de no caerles bien y disfrutaba también viendo las caras de sumisión de sus subalternos, hombres y mujeres, que al azar, más que por sus méritos, promocionaba por el mero placer de disfrutar de sus carantoñas aduladoras.
Doña Luisa de la Hoz tenía esa edad difícil para algunas mujeres cincuentonas y además carecía de belleza física y para colmo, su penetrante y fría mirada apartaba de ella a cualquier persona que se le acercara con intenciones amigables.
Vivía sola en un lujoso duplex, tan recargado de muebles y accesorios como el departamento de muebles de una tienda de decoración. Necesita algo más, algo que tras la vuelta de su trabajo le hiciera recordar que también era un ser humano ¿ Necesitaba una mascota? Sí, aunque no sería ni un gato ni un perro, Sería un hombre... domesticado, naturalmente, por ella.
Trabajando en el mismo lujoso edificio oficial se encontraba Adela, una mujer joven, agradable, bella y exquisita con el trato a sus subordinados. Era la jefa de Documentación. Era, así decían en los despachos y en los pasillos, la enemiga número uno de la Presidenta por el mero hecho de ser tan atractiva y jovial.
Doña Luisa no la soportaba, la odiaba intensamente y ordenó al jefe de recursos humanos que Adela fuese trasladada al sótano, pero con la misma categoría y sueldo, a la sección de archivos. Así ya no la vería más caminar por los pasillos sonriendo a diestros y siniestros.
Pasaron algunos días y doña Luisa de la Hoz escogió como pet, como animal de compañía, a un dependiente de aspecto bobalicón y servicial, pero buen mozo, de la Tienda Net-Punto-Com
Arturo era el hombre ideal para Ella y acertó con la elección. Arturo era servidor, obediente, buen amante en la cama, siempre que ella lo solicitara, avezado calentador de comidas precocinadas, y un relleno ejemplar, era el perfecto mueble-humano para cualquier hogar. Todo era ideal en el duplex, todo estaba a la perfección según el plan que ideó la Presidenta.
Adela llevaba casi medio año desterrada en el sótano y oliendo a diario ese hedor que rezumaban las tuberías de desagüe de los lavabos de las plantas superiores que bajaban desnudas junto algunos pilares.
Adela estaba desesperada, no se merecía tal afrenta ¿Qué hacía allí entre polvorientos legajos y con una ayudanta a punto de jubilarse que le olía la boca peor que las tuberías de los desagües?
Antonio, la nueva adquisición de doña Luisa, estaba recostado sobre aquel lujoso sillón de suave piel viendo con desgana un documental sobre las Bahamas y sorbiendo en un vaso de cristal tallado un güisqui Macallan 30 sin hielo. En las películas había visto que beber whisky sin hielo era señal de ser un buen catador. Antonio reflexionaba: Qué suerte he tenido con esta vieja, yo que a mis 38 años de edad ganaba una miseria en la tienda estoy ahora hecho un señor. Vivo como un marqués. Y como Ella está casi todo el día trabajando no me da la carga con sus manías. Hago lo que quiero siempre que Ella me encuentre en casa a la hora que ordene.
El Paseo junto al río Zumeta estaba bordeado de álamos que refrescaba el ambiente de aquel mediodía del mes de mayo. Una pasarela peatonal cruzaba el pequeño río, que desde la zona de oficinas oficiales acercaba a la gente a la parte residencial de la ciudad.
Doña Luisa de la Hoz caminaba por la pasarela a diario para dirigirse a su hogar. Hacia la mitad del puentecillo se topó de frente con Adela y se hizo la distraída. Adela saco un revólver de su bolso y le dio dos tiro a la Presidenta doña Luisa de la Hoz que la dejó más tiesa que la mojama.
martes, 28 de mayo de 2019
lunes, 27 de mayo de 2019
¿Por qué viajamos por placer?
Nosotros los humanos, entre sedentarios y nómadas.
Dicen que para este año se espera un desplazamiento de 1.700 millones de turistas por todo el mundo. ¿Se ha convertido viajar en una paranoia? Quizá, pero viajar es un placer y casi una necesidad para descansar de una vida rutinaria y a veces enfermiza.
En el Neolítico los humanos emprendieron largas caminatas, penosas migraciones a lugares remotos para venerar un manantial, una cueva o un pedrusco en mitad de un prado, un menhir que simbolizaba para ellos algo grande, mágico, sagrado o solo era una mera excusa para salir de su entorno habitual.
Siempre fuimos nómadas aunque nos quieran hacer ver que del sedentarismo surgió nuestra civilización. Hasta el más tonto de pueblo si alguien lo lleva de paseo o de viaje gratis se exalta, se emociona y se le alivia el cretinismo. En los años 50 del pasado siglo la gente rica cuando enfermaba por una depresión era sanada, por prescripción facultativa, con un largo viaje en grandes y lujosos hoteles o balnearios en países exóticos. Como la depresión parecía ser que solo era cosa de ricos le llamaron "sumernage". Viaje usted al extranjero- le decía el médico- asista a fiestas, diviértase y conozca a nueva gente. Así cualquiera se curaba del tedio y de la depresión.
En la actualidad todos llevamos en nuestros genes gotas de salvajes nómadas porque cuando viajamos nos sentimos más libres y felices y nuestras preocupaciones cotidianas desaparecen. Estar en un mismo lugar durante años atocina la mente, el gusto y, al cabo de un tiempo te convierte en un idiota existencial.
Lo peor de viajar, en la actualidad, es esa masificación de gentes que como microbios invaden todo en los meses de verano: para subir a la Torre Eiffel hay que hacer una cola de más de dos horas; si queremos visitar el Taj Mahal más de lo mismo y si deseamos ver La Alhambra de Granada ni se dice la incomodidad que es obtener una entrada.
Es casi imposible contener esta avalancha de turistas, de nómadas del siglo XXI, es patético contemplar esas salas de los aeropuertos repletas, infectadas, de viajeros tumados en el suelo, son los low-cost, los de zapatillas, mochila, botella de agua y iPhone.
La gente desea desplazarse, cada cual según su clase social y según los precios del billete de avión y de los hoteles. Pero de todas formas todos desean viajar, al contrario que esa caterva de sedentarios que todavía perviven en pueblos y barrios extremos de las grandes ciudades. Unas personas que pueden que sean sedentarias a la fuerza porque no tienen recursos económicos ni para poder bajar a la costa y tumbarse al sol en la playa. Los peores son aquellos otros sedentarios que teniendo dinero no son capaces de gastarlo en algo tan poco prosaico, tan abstracto para ellos, que es viajar por viajar. Prefieren en su lugar comprar borregos, tierras o atesorarlo. Son los personajes sedentarios-tipo-avaros.
Se ha demostrado, repetimos, que viajar es un placer aunque se haga a lo pobre, alojándose en apestosos hostels (con dormitorios colectivos en literas y oliendo a pies y a ingles sin lavar) hasta el elegido que puede volar en Emirates, clase Premium y bebe Moët Chandon y degusta caviar en su pequeño y lujoso reservado del enorme Airbus A380
Viajar es sano, muy sano. La gente que no suele viajar, pudiendo, enferman de melancolía, de avaricia, de vulgaridad y de gilipotez extrema.
En el fondo todos somos unos nómadas, unos más que otros.
Dicen que para este año se espera un desplazamiento de 1.700 millones de turistas por todo el mundo. ¿Se ha convertido viajar en una paranoia? Quizá, pero viajar es un placer y casi una necesidad para descansar de una vida rutinaria y a veces enfermiza.
En el Neolítico los humanos emprendieron largas caminatas, penosas migraciones a lugares remotos para venerar un manantial, una cueva o un pedrusco en mitad de un prado, un menhir que simbolizaba para ellos algo grande, mágico, sagrado o solo era una mera excusa para salir de su entorno habitual.
Siempre fuimos nómadas aunque nos quieran hacer ver que del sedentarismo surgió nuestra civilización. Hasta el más tonto de pueblo si alguien lo lleva de paseo o de viaje gratis se exalta, se emociona y se le alivia el cretinismo. En los años 50 del pasado siglo la gente rica cuando enfermaba por una depresión era sanada, por prescripción facultativa, con un largo viaje en grandes y lujosos hoteles o balnearios en países exóticos. Como la depresión parecía ser que solo era cosa de ricos le llamaron "sumernage". Viaje usted al extranjero- le decía el médico- asista a fiestas, diviértase y conozca a nueva gente. Así cualquiera se curaba del tedio y de la depresión.
En la actualidad todos llevamos en nuestros genes gotas de salvajes nómadas porque cuando viajamos nos sentimos más libres y felices y nuestras preocupaciones cotidianas desaparecen. Estar en un mismo lugar durante años atocina la mente, el gusto y, al cabo de un tiempo te convierte en un idiota existencial.
Lo peor de viajar, en la actualidad, es esa masificación de gentes que como microbios invaden todo en los meses de verano: para subir a la Torre Eiffel hay que hacer una cola de más de dos horas; si queremos visitar el Taj Mahal más de lo mismo y si deseamos ver La Alhambra de Granada ni se dice la incomodidad que es obtener una entrada.
Es casi imposible contener esta avalancha de turistas, de nómadas del siglo XXI, es patético contemplar esas salas de los aeropuertos repletas, infectadas, de viajeros tumados en el suelo, son los low-cost, los de zapatillas, mochila, botella de agua y iPhone.
La gente desea desplazarse, cada cual según su clase social y según los precios del billete de avión y de los hoteles. Pero de todas formas todos desean viajar, al contrario que esa caterva de sedentarios que todavía perviven en pueblos y barrios extremos de las grandes ciudades. Unas personas que pueden que sean sedentarias a la fuerza porque no tienen recursos económicos ni para poder bajar a la costa y tumbarse al sol en la playa. Los peores son aquellos otros sedentarios que teniendo dinero no son capaces de gastarlo en algo tan poco prosaico, tan abstracto para ellos, que es viajar por viajar. Prefieren en su lugar comprar borregos, tierras o atesorarlo. Son los personajes sedentarios-tipo-avaros.
Se ha demostrado, repetimos, que viajar es un placer aunque se haga a lo pobre, alojándose en apestosos hostels (con dormitorios colectivos en literas y oliendo a pies y a ingles sin lavar) hasta el elegido que puede volar en Emirates, clase Premium y bebe Moët Chandon y degusta caviar en su pequeño y lujoso reservado del enorme Airbus A380
Viajar es sano, muy sano. La gente que no suele viajar, pudiendo, enferman de melancolía, de avaricia, de vulgaridad y de gilipotez extrema.
En el fondo todos somos unos nómadas, unos más que otros.
domingo, 26 de mayo de 2019
Un cuento negro para el mes de junio
La Tríada de los Médicos Asesinos
Tenemos a otro cliente perfilado -dijo el doctor Núñez a su colega mientras ayudaba a preparar la barbacoa dominical donde junto a sus esposas e hijos se reunieron en el espléndido chalé de Las Virtudes.
- ¿A quién le toca esta vez? - preguntó el doctor Venancio sorbiendo de una copa tallada un tinto del Penedés.
- Es la actriz Adela de la Boya, con mucho dinero, tonta del bote y con ganas de desprenderse de su marido, que dice ser empresario, pero lo que sí hace es esquilmar el capital de Adela poco a poco.
-¿Ha sido ya contactado por la Premium?
Sí, está a punto de caramelo. Nos vendrá bien ese dinero. Yo tengo que pagar parte de la hipoteca del duplex que tengo en Marbella.
-Me molesta que me llaméis la Premium, yo que soy una de las mejores periodistas española de la prensa amarilla. Yo que os he traído a casi una docena de cliente en cinco años.
-No te enfades mujer, es por motivo de seguridad. Tú también te llevas unos miles de euros en cada operación.
En la revista mensual Suspiros apareció la noticia. El esposo de la conocida artista Adela de la Boya ha sido ingresado en la Clínica Santa Marta, tras un desmayo que sufrió ayer en un party, para un chequeo en profundidad.
Una semana después la misma revista Suspiros anunció en su portada el fallecimiento por insuficiencia cardíaca, del empresario Alfredo Cantarrana, esposo de la famosa actriz Adela de la Boya.
Aquel verano los tres doctores contemplaban el plácido mar desde la cubierta de un yate. Solo estaban ellos, las esposas y los niños se quedaron en tierra.
Me vino muy bien la tarifa de la buenorra de la Boya. Pagué la hipoteca y yo, añadió el doctor Venancio, le he echado el ojo a un barquito casi igual de grande como este.
- ¿Y qué dice la Premium? -preguntó el doctor Núñez.
- Que descansemos este verano-contestó uno de los doctores- que para el otoño que viene ya tiene a la vista a una clienta nueva.
Tenemos a otro cliente perfilado -dijo el doctor Núñez a su colega mientras ayudaba a preparar la barbacoa dominical donde junto a sus esposas e hijos se reunieron en el espléndido chalé de Las Virtudes.
- ¿A quién le toca esta vez? - preguntó el doctor Venancio sorbiendo de una copa tallada un tinto del Penedés.
- Es la actriz Adela de la Boya, con mucho dinero, tonta del bote y con ganas de desprenderse de su marido, que dice ser empresario, pero lo que sí hace es esquilmar el capital de Adela poco a poco.
-¿Ha sido ya contactado por la Premium?
Sí, está a punto de caramelo. Nos vendrá bien ese dinero. Yo tengo que pagar parte de la hipoteca del duplex que tengo en Marbella.
-Me molesta que me llaméis la Premium, yo que soy una de las mejores periodistas española de la prensa amarilla. Yo que os he traído a casi una docena de cliente en cinco años.
-No te enfades mujer, es por motivo de seguridad. Tú también te llevas unos miles de euros en cada operación.
En la revista mensual Suspiros apareció la noticia. El esposo de la conocida artista Adela de la Boya ha sido ingresado en la Clínica Santa Marta, tras un desmayo que sufrió ayer en un party, para un chequeo en profundidad.
Una semana después la misma revista Suspiros anunció en su portada el fallecimiento por insuficiencia cardíaca, del empresario Alfredo Cantarrana, esposo de la famosa actriz Adela de la Boya.
Aquel verano los tres doctores contemplaban el plácido mar desde la cubierta de un yate. Solo estaban ellos, las esposas y los niños se quedaron en tierra.
Me vino muy bien la tarifa de la buenorra de la Boya. Pagué la hipoteca y yo, añadió el doctor Venancio, le he echado el ojo a un barquito casi igual de grande como este.
- ¿Y qué dice la Premium? -preguntó el doctor Núñez.
- Que descansemos este verano-contestó uno de los doctores- que para el otoño que viene ya tiene a la vista a una clienta nueva.
Cine de Ayer
Zelig (1983)
Director: Woody Allen
Esta película de hace 36 años se adapta bien a los tiempos actuales, donde la imagen, la pose, la apariencia y el histrionismo obligado son monedas corrientes en nuestras relaciones sociales.
Todos queremos caer bien a todos, si algún conocido comenta una idiotez como algo sublime nos preocupa contradecirle, le seguimos la corriente para caerle mejor.
La película Zelig cuenta el caso de un individuo peculiar que del esfuerzo tan grande por ser igual a sus contertulios y amigos sufrió un extraño metabolismo mental y físico que lo hacía transfigurarse e imitar a la persona que tenía frente a él. Si estaba hablando con un negro se convertía en un negro, sin hablaba con un rabino le salía barba y se asemejaba a un rabino, si estaba entre personas gordas él se convertía en una persona gorda. Estas transformaciones se hacía sin poder él evitarlas ya que poseía ese inmenso deseo de pasar desapercibido y ser una persona corriente como la gente que le rodeaba en ese momento.
Este film está rodado como un falso documental con recortes de cintas, con diálogos y confesiones originales de personajes de la época y curiosamente, al menos en la cinta de video que poseo, está en inglés sin subtítulos, un handicap para las personas que no entiendan aquel idioma.
La sociedad en los años 20 del siglo pasado y ahora en pleno siglo XXI exige al individuo que se adapte totalmente al medio que le ha tocado en suerte vivir. Ser diferente es una anomalía; si vives entre labriegos debe pensar como ellos; si está entre artistas debe opinar como ellos. Zelig se esforzó tanto que se convirtió en un hombre-camaleón.
Opinamos que Zelig es una manera de denunciar los fanatismos, el falso patriotismo, el peloteo e incluso el igualitarismo decadente actual.
El miedo de Zelig de sentirse excluido de la sociedad que le rodeaba es similar al miedo que tiene algunos de nosotros visto como raritos por la gente del vulgo, tremendamente emborregada. Todos esperan que seamos igual a la mayoría del pueblo llano; hay que ser guay, hay que ser igual de mamarracho que todos para poder sobrevivir entre la plebe.
Director: Woody Allen
Esta película de hace 36 años se adapta bien a los tiempos actuales, donde la imagen, la pose, la apariencia y el histrionismo obligado son monedas corrientes en nuestras relaciones sociales.
Todos queremos caer bien a todos, si algún conocido comenta una idiotez como algo sublime nos preocupa contradecirle, le seguimos la corriente para caerle mejor.
La película Zelig cuenta el caso de un individuo peculiar que del esfuerzo tan grande por ser igual a sus contertulios y amigos sufrió un extraño metabolismo mental y físico que lo hacía transfigurarse e imitar a la persona que tenía frente a él. Si estaba hablando con un negro se convertía en un negro, sin hablaba con un rabino le salía barba y se asemejaba a un rabino, si estaba entre personas gordas él se convertía en una persona gorda. Estas transformaciones se hacía sin poder él evitarlas ya que poseía ese inmenso deseo de pasar desapercibido y ser una persona corriente como la gente que le rodeaba en ese momento.
Este film está rodado como un falso documental con recortes de cintas, con diálogos y confesiones originales de personajes de la época y curiosamente, al menos en la cinta de video que poseo, está en inglés sin subtítulos, un handicap para las personas que no entiendan aquel idioma.
La sociedad en los años 20 del siglo pasado y ahora en pleno siglo XXI exige al individuo que se adapte totalmente al medio que le ha tocado en suerte vivir. Ser diferente es una anomalía; si vives entre labriegos debe pensar como ellos; si está entre artistas debe opinar como ellos. Zelig se esforzó tanto que se convirtió en un hombre-camaleón.
Opinamos que Zelig es una manera de denunciar los fanatismos, el falso patriotismo, el peloteo e incluso el igualitarismo decadente actual.
El miedo de Zelig de sentirse excluido de la sociedad que le rodeaba es similar al miedo que tiene algunos de nosotros visto como raritos por la gente del vulgo, tremendamente emborregada. Todos esperan que seamos igual a la mayoría del pueblo llano; hay que ser guay, hay que ser igual de mamarracho que todos para poder sobrevivir entre la plebe.
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