Occidente y el agorero Spengler
Antes de aparecer una enfermedad suelen manifestarse unos síntomas. ¿Cuales son los síntomas que marcan esa decadencia de la Civilización Occidental?
Son múltiples, podemos indicar los más banales, aquellos que reflejan los gustos y los comportamientos de la plebe, del populacho, como decían los antiguos historiadores, de nosotros. Las diferentes cadenas de televisión nos ofrecen en sus programas un espejo que refleja como es la morralla, como somos; diluyendo unos valores que no interesa al Poder y ensalzando otros no-valores espurios y chabacanos y que se proyectan en esos concursos vejatorios para gordos, flacos o retrasados mentales o esa elevación a los altares de la estulticia considerando a meros cocineros como líderes culturales o esos programas de tertulia realizados por intelectuales fracasados que pretenden ser sénecas de taberna. Qué decir de la aparición en pantalla de gentes sin oficios ni beneficios, vagos profesionales que suelen ser denominados famosos, populares o televisivos. Toda esa caterva zancadillean el desarrollo intelectual de una masa de débiles mentales usuarios a diario de las bobadas que ofrecen los diferentes canales televisivos.
Oswald Sprengler ya escribió un tratado sobre la Decadencia de Occidente apoyándose en unos hechos no muy aceptados cuando apareció su tratado ni ahora por ser considerados obsoletos. Pero años después el sociólogo Lipovetsky anunció que nuestra sociedad occidental está malherida. Sufre síntomas irreversibles, con una población desinformada, desnortada e idiotizada donde parece ser que lo único que le interesa, como colectivo, es reclamar unos derechos sin responsabilizarse de sus deberes, que aborrecen la austeridad y el sacrifico como meta hacia un humanismo necesario para una mejor convivencia.
Valores como el honor, el orgullo de ser y estar, de pertenecer a una nación, a una cultura o a una religión se han difuminado en el marasmo de un nihilismo enfermizo, de una laxitud en el buen hacer y en un hedonismo tercermundista, muy tipo low-cost.
Algunos ciudadanos que se las dan de "modernos" opinan que la Decadencia de Occidente es un producto de un rancio conservadurismo, una falacia generalizada y estos personajillos tan modernos no se les caen la cara de vergüenza cuando una mayoría de ellos viven a costa de otros: de sus padres, de sus parejas o de los ciudadanos que les votaron o votamos y los auparon a puestos políticos remunerados.
Seamos consecuentes, el Capitalismo se ha corrompido por la codicia desenfrenada de los banqueros y de las élites económicas apoyado por sus secuaces naturales, toda esa patulea de gente que sabemos.
Occidente va hacia abajo; abrimos nuestras puertas a otras culturas e incluso subculturas. Pero aquí no pasa nada. Como a principios del siglo IV durante el Imperio Romano cuando se levantaron voces avisando del peligro de esas invasiones bárbaras y nadie quiso hacer caso. No pasa nada, decían. Y pasó, una nadería, la total desaparición de la mayor civilización que hombre creó.
lunes, 28 de agosto de 2017
sábado, 26 de agosto de 2017
Un cuento para septiembre
Loor a nuestro poeta local
"Si usted lo considera oportuno incluiremos en la Antología de Poetas Rurales su poema ganador más una semblanza de su vida como poeta y jornalero. Un abrazo, J. V. Listán, Consejero Provincial de Cultura"
Jacinto Terrón leyó varias veces la carta escrita sobre un grueso papel y con membrete oficial y una firma muy rimbombante que el propio alcalde del pueblo le había entregado en mano. No cabía en sí de orgullo, él un mísero jornalero jubilado de un pueblecillo serrano llamado Zurrapa, al pie de la Sierra de los Patos, era el ganador de un concurso provincial de poesía.
"Recuerdos.
Por la vereda de enero Llegan los olivareros
caminan, buscando el pan a la finca sin alientos.
enjutos los temporeros, Elige a los jornaleros
camino del olivar. el capataz. Sopla el viento.
Cargados con sus hatillos Se les niega lo que es suyo;
van en busca de un jornal. mientras que dignos y hambrientos
Huele la sierra a tomillo. continúan sin un murmullo. "
"Estimados señores de la Diputación. Al recibo de ésta deseo que estéis todos bien de salud, la mía va tirando. A continuación explico como comenzó mi afición a la poesía, quizá a que vivo en una bendita tierra de olivos que cubre todo el término municipal de Zurrapa.
Un día, siendo yo un zagal, iba a la finca del señorito a cavar olivas y cuando pasé junto al lejío y vi que ardía algo raro. Me acerqué y era un montón de libros viejos, algunos de ellos calcinados y otros se salvaron gracias a un chaparrón que cayó minutos antes. Cogí todos los libros que quedaban sin quemar y los guardé en la camarilla de mi casa. A la vuelta del trabajo subí a la cámara y hojeé los libros; eran todos de poesías, de Machado, de Miguel Hernández, de Pedro Salinas y otros que no recuerdo, también salvé un cuaderno con tapas de hule negro y una etiqueta pegada y escrita a tinta que decía: Poemas Reflexivos de Augusto Peláez.
Supe, preguntando días después, que el tal Augusto Peláez intentó formar una biblioteca pública durante la República, un año antes de ser capturado y fusilado. Todos estos libros permanecieron guardados en un cajón en el sótano del ayuntamiento hasta que aquella mañana del año 1942 decidieron quemarlos.
Así que leyendo estos libros que salvé de la quema me fui acostumbrando a escribir poesías, rimas y sonetos hasta hoy.
Espero que haya servido de algo estas letras para la publicación de la Antología. Se despide su seguro servidor que estrecha su mano. Jacinto Terrón. El campesino poeta. Zurrapa a 8 de septiembre del año 1982"
(Una postdata que no incluí en esta carta por motivos obvios. El cuaderno de tapas de hule del secretario republicano del ayuntamiento don Augusto Peláez contenían las mejores poesías jamás leídas y sentidas por mí. De este cuaderno copié todos los poemas que la gente del pueblo conocen como mías, además de éste que incluyo y que obtuvo el primer premio en el Concurso de Poetas Rurales)
"Si usted lo considera oportuno incluiremos en la Antología de Poetas Rurales su poema ganador más una semblanza de su vida como poeta y jornalero. Un abrazo, J. V. Listán, Consejero Provincial de Cultura"
Jacinto Terrón leyó varias veces la carta escrita sobre un grueso papel y con membrete oficial y una firma muy rimbombante que el propio alcalde del pueblo le había entregado en mano. No cabía en sí de orgullo, él un mísero jornalero jubilado de un pueblecillo serrano llamado Zurrapa, al pie de la Sierra de los Patos, era el ganador de un concurso provincial de poesía.
"Recuerdos.
Por la vereda de enero Llegan los olivareros
caminan, buscando el pan a la finca sin alientos.
enjutos los temporeros, Elige a los jornaleros
camino del olivar. el capataz. Sopla el viento.
Cargados con sus hatillos Se les niega lo que es suyo;
van en busca de un jornal. mientras que dignos y hambrientos
Huele la sierra a tomillo. continúan sin un murmullo. "
"Estimados señores de la Diputación. Al recibo de ésta deseo que estéis todos bien de salud, la mía va tirando. A continuación explico como comenzó mi afición a la poesía, quizá a que vivo en una bendita tierra de olivos que cubre todo el término municipal de Zurrapa.
Un día, siendo yo un zagal, iba a la finca del señorito a cavar olivas y cuando pasé junto al lejío y vi que ardía algo raro. Me acerqué y era un montón de libros viejos, algunos de ellos calcinados y otros se salvaron gracias a un chaparrón que cayó minutos antes. Cogí todos los libros que quedaban sin quemar y los guardé en la camarilla de mi casa. A la vuelta del trabajo subí a la cámara y hojeé los libros; eran todos de poesías, de Machado, de Miguel Hernández, de Pedro Salinas y otros que no recuerdo, también salvé un cuaderno con tapas de hule negro y una etiqueta pegada y escrita a tinta que decía: Poemas Reflexivos de Augusto Peláez.
Supe, preguntando días después, que el tal Augusto Peláez intentó formar una biblioteca pública durante la República, un año antes de ser capturado y fusilado. Todos estos libros permanecieron guardados en un cajón en el sótano del ayuntamiento hasta que aquella mañana del año 1942 decidieron quemarlos.
Así que leyendo estos libros que salvé de la quema me fui acostumbrando a escribir poesías, rimas y sonetos hasta hoy.
Espero que haya servido de algo estas letras para la publicación de la Antología. Se despide su seguro servidor que estrecha su mano. Jacinto Terrón. El campesino poeta. Zurrapa a 8 de septiembre del año 1982"
(Una postdata que no incluí en esta carta por motivos obvios. El cuaderno de tapas de hule del secretario republicano del ayuntamiento don Augusto Peláez contenían las mejores poesías jamás leídas y sentidas por mí. De este cuaderno copié todos los poemas que la gente del pueblo conocen como mías, además de éste que incluyo y que obtuvo el primer premio en el Concurso de Poetas Rurales)
viernes, 25 de agosto de 2017
Un idiota entre ilota (Relato breve)
Un idiota entre ilotas
Jacinto Papahigos, 43 años de edad, cara boba y pancigordo, era tímido con las mujeres, razón por lo cual le hacía prolongar su celibato más de lo debido. Era el hijo y heredero de una fábrica de desgüesado de aceitunas en Dos Hermanas. A pesar que estudió dos carreras de humanidades que no le sirvieron para nada práctico tuvo que tomar las riendas del negocio familiar. Su padre dirigía el proceso de encurtido y maduración y él controlaba la nave de desgüesado (deshuesado suena a muerte). Su oficinilla se levantaba en mitad de la gran nave sobre unos pilares de hierro que soportaba una garita acristalada donde Jacinto supervisaba, ayudado por dos capatazas, dos mujeronas enormes, la labor de las 42 empleadas que pasaban las horas trabajando con unas diminutas máquinas, donde una a una, eran deshuesadas las aceituna gordales.
El confesor de Jacinto Papahigos le sugirió encarecidamente que encontrara una mujer y se casara con ella para evitar esos sueños lujuriosos que casi todas las noches atenazaba al no tan joven heredero. Búscate una mujer buena que te de muchos hijos y verás como el demonio te deja tranquilo con esa lascivia que te corroe - le decía el cura con voz meliflua.
Jacinto no soportaba las chicas que su madre le presentaba intentando que germinara cualquier tipo de relación, todas eran unas presumidas que se reían de él cuando se sonrojaba y balbuceaba ante la presencia de cualquier joven.
Jacinto se fijó, desde su alto mirador, en una obrera que destacaba físicamente entra las demás, era una cabeza más alta que las otras, tenía la tez blanca y sus ojos color caramelo eran excitantes.
Leyó y releyó la ficha de trabajo. Se llamaba Adela López, jornalera de campo desde los trece años de edad hasta que entró a trabajar en su empresa como especialista desgüesadora. Está buena la moza - dijo Jacinto contemplando la foto tipo carnet y viéndola, a lo lejos, trajinar con la maquinita.
La salud mental de nuestro hijo es más importante que se case con una pobre obrera. Ya lo dijo el neurólogo, nuestro hijo sufre el síndrome de una castidad forzada que revierte en su mente y en su comportamiento - decía el Sr. Papahigos a su atribulada esposa. Tenemos que permitir ese matrimonio por muy asimétrico que sea. No es lo normal, pero conocemos otros casos de bodas entre mujeres pobres y hombres ricos que salieron bien. Las pobres se adaptan pronto a la buena vida.
La boda se celebró en una ermita, a las afuera del pueblo; de la familia de Jacinto solo asistieron un par de amigos. Sus padres tuvieron que viajar urgentemente a Munich por un grave problema empresarial. Jacinta se encontraba reventona, reventaba de alegría al ver a sus amigas y compañeras de trabajo vestidas con sus mejores galas y que le agasajaban sin cesar, y estaba reventona porque su hermoso y joven cuerpo todavía no ajado a sus 23 años de edad por la labor esclavizante de las faenas del campo parecía salirse del vestido de novia. Rebosaba salud y trapío, con esa cintura ceñida que marcaba unas generosas caderas y un torso por donde parecía desear salir de madre unos pechos generosos que invitaba al lelo del recién casado con noches de fantasías y de placeres.
Jacinto no comió ni bebió nada durante el banquete de boda en la Venta del Carretero. Solo pensaba en ir al chalé que su padre le había regalado en la carretera de Sevilla para estar los dos solos.
Al cabo de dos años tras la boda se notaba que Jacinto envejecía a pasos agigantados, a sus 45 años de edad las canas cubrían su ralo cabello que se desprendió de la cabeza dejándolo calvo. Adelgazó una barbaridad mientras que su mirada parecía ausente, como fijado en un horizonte ignoto, solo sonreía a su esposa, que por desgracia no le dio los hijos esperados.
Las malas lenguas del pueblo decían que Adela, cada vez más lozana y deseable absorbía poco a poco la salud del marido obligándole a tener sexo al menos dos veces al día. En aquellos tiempos no había Viagra pero las mujeres ancianas del pueblo sabían de una hierba llamada "secacul" que hacía potente al más flojo. Jacinto le encargaba a la anciana cocinera que le trajera sus yerbas desecadas de estas milagrosas hierbas para cumplir con el acto matrimonial. Y cumplía, vaya si cumplía pero a costa de su salud.
No pasó un año del fallecimiento del heredero de Encurtido Papahigos cuando la viuda Adela, desde un lujoso hotel de Sevilla, llamó a un antiguo novio, encofrador en Barcelona, para invitarle a pasar unos días en su finca del Ronquillo.
Jacinto Papahigos, 43 años de edad, cara boba y pancigordo, era tímido con las mujeres, razón por lo cual le hacía prolongar su celibato más de lo debido. Era el hijo y heredero de una fábrica de desgüesado de aceitunas en Dos Hermanas. A pesar que estudió dos carreras de humanidades que no le sirvieron para nada práctico tuvo que tomar las riendas del negocio familiar. Su padre dirigía el proceso de encurtido y maduración y él controlaba la nave de desgüesado (deshuesado suena a muerte). Su oficinilla se levantaba en mitad de la gran nave sobre unos pilares de hierro que soportaba una garita acristalada donde Jacinto supervisaba, ayudado por dos capatazas, dos mujeronas enormes, la labor de las 42 empleadas que pasaban las horas trabajando con unas diminutas máquinas, donde una a una, eran deshuesadas las aceituna gordales.
El confesor de Jacinto Papahigos le sugirió encarecidamente que encontrara una mujer y se casara con ella para evitar esos sueños lujuriosos que casi todas las noches atenazaba al no tan joven heredero. Búscate una mujer buena que te de muchos hijos y verás como el demonio te deja tranquilo con esa lascivia que te corroe - le decía el cura con voz meliflua.
Jacinto no soportaba las chicas que su madre le presentaba intentando que germinara cualquier tipo de relación, todas eran unas presumidas que se reían de él cuando se sonrojaba y balbuceaba ante la presencia de cualquier joven.
Jacinto se fijó, desde su alto mirador, en una obrera que destacaba físicamente entra las demás, era una cabeza más alta que las otras, tenía la tez blanca y sus ojos color caramelo eran excitantes.
Leyó y releyó la ficha de trabajo. Se llamaba Adela López, jornalera de campo desde los trece años de edad hasta que entró a trabajar en su empresa como especialista desgüesadora. Está buena la moza - dijo Jacinto contemplando la foto tipo carnet y viéndola, a lo lejos, trajinar con la maquinita.
La salud mental de nuestro hijo es más importante que se case con una pobre obrera. Ya lo dijo el neurólogo, nuestro hijo sufre el síndrome de una castidad forzada que revierte en su mente y en su comportamiento - decía el Sr. Papahigos a su atribulada esposa. Tenemos que permitir ese matrimonio por muy asimétrico que sea. No es lo normal, pero conocemos otros casos de bodas entre mujeres pobres y hombres ricos que salieron bien. Las pobres se adaptan pronto a la buena vida.
La boda se celebró en una ermita, a las afuera del pueblo; de la familia de Jacinto solo asistieron un par de amigos. Sus padres tuvieron que viajar urgentemente a Munich por un grave problema empresarial. Jacinta se encontraba reventona, reventaba de alegría al ver a sus amigas y compañeras de trabajo vestidas con sus mejores galas y que le agasajaban sin cesar, y estaba reventona porque su hermoso y joven cuerpo todavía no ajado a sus 23 años de edad por la labor esclavizante de las faenas del campo parecía salirse del vestido de novia. Rebosaba salud y trapío, con esa cintura ceñida que marcaba unas generosas caderas y un torso por donde parecía desear salir de madre unos pechos generosos que invitaba al lelo del recién casado con noches de fantasías y de placeres.
Jacinto no comió ni bebió nada durante el banquete de boda en la Venta del Carretero. Solo pensaba en ir al chalé que su padre le había regalado en la carretera de Sevilla para estar los dos solos.
Al cabo de dos años tras la boda se notaba que Jacinto envejecía a pasos agigantados, a sus 45 años de edad las canas cubrían su ralo cabello que se desprendió de la cabeza dejándolo calvo. Adelgazó una barbaridad mientras que su mirada parecía ausente, como fijado en un horizonte ignoto, solo sonreía a su esposa, que por desgracia no le dio los hijos esperados.
Las malas lenguas del pueblo decían que Adela, cada vez más lozana y deseable absorbía poco a poco la salud del marido obligándole a tener sexo al menos dos veces al día. En aquellos tiempos no había Viagra pero las mujeres ancianas del pueblo sabían de una hierba llamada "secacul" que hacía potente al más flojo. Jacinto le encargaba a la anciana cocinera que le trajera sus yerbas desecadas de estas milagrosas hierbas para cumplir con el acto matrimonial. Y cumplía, vaya si cumplía pero a costa de su salud.
No pasó un año del fallecimiento del heredero de Encurtido Papahigos cuando la viuda Adela, desde un lujoso hotel de Sevilla, llamó a un antiguo novio, encofrador en Barcelona, para invitarle a pasar unos días en su finca del Ronquillo.
Cine de ayer
September (Septiembre) 1987
Director: Woody Allen
Siempre que llega este mes me acuerdo de esta excelente película de W. Allen con unos actores sublimes, una fotografía exquisita y una música fuera de serie.
Un grupo de burgueses, más o menos intelectuales, se encuentra atrapados en una casa de recreo por culpa de una última tormenta de verano . Son variopintos personajes como teselas en el mosaico de la vida. Uno es un vividor, otra es una histérica, otra es una adúltera incapaz, otra es una pazguata, otro es un escritor en ciernes, etc.
Todos forman y conforman un grupo de ciudadanos cultos y responsables pero lleno cada cual de grandes frustraciones.
No se hace agobiante el film a pesar de que los planos no salen de la casa, al revés se hace intimista, como algo nuestro. Los diálogos son geniales, te hace pensar y te da cuenta de la gran falacia de lo que llamamos vida. Las relaciones humanos que tiene, tenemos o nos obligan tener, cada cual dentro de su estatus social, es una pura hipocresía. Nos esforzamos más en intentar agradar a nuestro prójimo, para dar una imagen grata y triunfadora de nosotros mismos, que ser consecuentes con nuestras ideas.
Hay una escena que me fascina. Están todos los invitados en un salón escuchando música y de pronto se va la luz. La pantalla aparece en negro y en silencio. Se oye como raspa un fósforo y alguien enciende una vela y con la propia luz de la bujía se ilumina una escena casi irreal, preciosa, con una fotografía en tonos ocres fascinante. Alguien rompe el silencio del momento cuando comienza a tocar el piano, entonces la cámara recorre suavemente el gran salón descubriendo luces y sombras. La magia dura unos minutos hasta que vuelve la electricidad y el tocadisco chirría hasta coger las revoluciones necesarias para reproducir un disco con una melodía al piano de Art Tatum.
Woody Allen es cómico cuando quiere y es trágico cuando se toma en serio el guión. Quizá, para algunos, resulte esta película algo tristona, pero para otros, yo me incluyo, es un film inteligente, ácido y muy estético.
Repito, "September" puede ser un tratado de los sentimientos de todos nosotros, y aunque parezca algo pretencioso puede ser incluso un trabajo sobre la psicología del ser humano ¡somos tan complejos! que nos acerca cinematográfiamente expresado al cine de Kurosawa y de Bergman.
Director: Woody Allen
Siempre que llega este mes me acuerdo de esta excelente película de W. Allen con unos actores sublimes, una fotografía exquisita y una música fuera de serie.
Un grupo de burgueses, más o menos intelectuales, se encuentra atrapados en una casa de recreo por culpa de una última tormenta de verano . Son variopintos personajes como teselas en el mosaico de la vida. Uno es un vividor, otra es una histérica, otra es una adúltera incapaz, otra es una pazguata, otro es un escritor en ciernes, etc.
Todos forman y conforman un grupo de ciudadanos cultos y responsables pero lleno cada cual de grandes frustraciones.
No se hace agobiante el film a pesar de que los planos no salen de la casa, al revés se hace intimista, como algo nuestro. Los diálogos son geniales, te hace pensar y te da cuenta de la gran falacia de lo que llamamos vida. Las relaciones humanos que tiene, tenemos o nos obligan tener, cada cual dentro de su estatus social, es una pura hipocresía. Nos esforzamos más en intentar agradar a nuestro prójimo, para dar una imagen grata y triunfadora de nosotros mismos, que ser consecuentes con nuestras ideas.
Hay una escena que me fascina. Están todos los invitados en un salón escuchando música y de pronto se va la luz. La pantalla aparece en negro y en silencio. Se oye como raspa un fósforo y alguien enciende una vela y con la propia luz de la bujía se ilumina una escena casi irreal, preciosa, con una fotografía en tonos ocres fascinante. Alguien rompe el silencio del momento cuando comienza a tocar el piano, entonces la cámara recorre suavemente el gran salón descubriendo luces y sombras. La magia dura unos minutos hasta que vuelve la electricidad y el tocadisco chirría hasta coger las revoluciones necesarias para reproducir un disco con una melodía al piano de Art Tatum.
Woody Allen es cómico cuando quiere y es trágico cuando se toma en serio el guión. Quizá, para algunos, resulte esta película algo tristona, pero para otros, yo me incluyo, es un film inteligente, ácido y muy estético.
Repito, "September" puede ser un tratado de los sentimientos de todos nosotros, y aunque parezca algo pretencioso puede ser incluso un trabajo sobre la psicología del ser humano ¡somos tan complejos! que nos acerca cinematográfiamente expresado al cine de Kurosawa y de Bergman.
jueves, 27 de julio de 2017
Un irlandés en Mojácar (Relato breve)
Un irlandés en Mojácar
Curiosamente, en este mes de agosto de hace un año nos dejó Ian Flanagan, un querido vecino del pueblo de Mojácar que vivió entre nosotros más de treinta años. Ian hablaba español con acento mojaquero, ayudaba a misa y leía en inglés las epístolas y el evangelio todos los domingos a la abundante colonia irlandesa de Mojácar-Playa. También colaboraba con su trabajo en Cáritas Diocesanas y en rifas y eventos en ayuda a los más necesitados. Era un santo, como decían la gente del pueblo que lo conocía desde hace tiempo. Se rumoreaba que en su país había sido un cura en algún lugar de Limerick y que colgó la sotana para poder casarse con una feligresa que murió meses antes de su traslado a Mojácar.
Jacinto Beinhecho, casi de la misma edad que Ian, era su amigo íntimo. Jacinto poseía una pequeña tienda de artículos de regalos que el mismo fabricaba de escayola y que su amigo Ian, por distracción y para acompañarle, le ayudaba pintar con chillones colores. En estas sesiones de taller Ian se bebía a gollete una botella de vino-costa, de garrafa, y cuando se encontraba alegre le decía a su amigo: Jacinto, un día de estos te haré rico y famoso. Jacinto le contestaba que se aligerase que solo le quedaba cuatro años para la jubilación.
Cinco meses después la defunción de Ian Flanagan Jacinto recibió una carta con remite de una notaría de Almería. Tras la comida del mediodía rasgó el sobre y encontró otro sobre abultado con un título escrito a rotulador: "Para ser abierto únicamente por mi gran amigo Jacinto Bienhecho".
Un folio escrito a mano, con letras muy claras, casi de colegial le indicaba que leyera antes los 15 folios grapados que resumía su vida antes de su llegada a Mojácar.
Tardó algo más de una hora en leer los folios y tras esto leyó la carta-testamento de su entrañable amigo.
"Querido amigo, siento haberte mentido pero era necesario para mantener nuestra amistad y mi seguridad personal. Meses antes de llegar a Mojácar huyendo de mis problemas en el Ulster tenía yo 32 años de edad, era un miembro activo del IRA y pesaba sobre mis espaldas 26 asesinatos. Sí, como suena, por entonces yo me consideraba un soldado, un guerrillero, según otros un terrorista, que creía que podíamos expulsar a los ingleses protestantes de nuestra patria. Mi primera acción armada fue la colocación de una bomba en mayo de 1973 en Omagh donde murieron cinco soldados británicos y hubo decenas de heridos. Me sentí fatal por aquel horrible acto hasta que me confesé con el padre O'Flerty, simpatizante del IRA, el cual me consoló diciendo que nosotros, los del IRA estábamos quitando la cizaña del camino de Dios para dejar paso a la buena semilla católica de una Irlanda unificada. Dos años después la dirección del IRA me encomendó una delicada misión en tierra extranjera, en Inglaterra. Tras muchos preparativos que no viene al caso relatar, introduje una potente bomba en un Pub de Birmingham. Una bomba también situada dentro del local que murieron 21 personas y casi un centenar de heridos, todos ingleses y protestantes. Cuando pude volver al Ulster fui convocado por la dirección de la célula a la que yo pertenecía y me dijeron que yo estaba quemado, que los servicios secretos de la República de Irlanda y el poderoso M16 inglés me buscaban como objetivo prioritario. Ellos, mis jefes, se lavaron las manos y tras darme una considerable cantidad de dinero me aconsejaron que me esfumara, preferentemente a un país extranjero.
Mi hermano sí fue un sacerdote católico que colgó los hábitos para casarse con una feligresa. Lo visité, tras muchos años sin vernos y... le robé su pasaporte. Dejé una nota en la que le decía que no denunciara la desaparición del documento, que ya le explicaría, que a él no le servía para nada ya que nunca salía del pueblo y todo el mundo le conocía y le respetaba. Adapté mi rostro a la foto del pasaporte y gracias a que yo tenía un apellido diferente a mi hermano, éramos hijos de la misma madre pero de diferentes padres, me vine a España. Escogí Mojácar porque la colonia irlandesa de expatriados era y es grande. El resto de mi historia tú lo sabes porque las hemos vividos juntos.
Si visitas a una editorial importante en Barcelona casi seguro que te comprarán estas hojas para una novela-documento, "basada en hechos reales" que son las que venden.
Un abrazo fraternal de tu gran amigo Ian F."
Aquella noche de invierno, porque en Mojácar también hace frío durante esa época, la chimenea ardía alegremente intentando calentar la casa de Jacinto. Este, cogió todos los papeles y los quemó al mismo tiempo que se llenaba un gran vaso de agua lleno de vino de Albondón y palpándose el escroto se dijo: Ian Flanagan, por mis muertos, que siempre será recordado en mi pueblo como un caballero, como un humanista que solo supo favorecer al prójimo.
Curiosamente, en este mes de agosto de hace un año nos dejó Ian Flanagan, un querido vecino del pueblo de Mojácar que vivió entre nosotros más de treinta años. Ian hablaba español con acento mojaquero, ayudaba a misa y leía en inglés las epístolas y el evangelio todos los domingos a la abundante colonia irlandesa de Mojácar-Playa. También colaboraba con su trabajo en Cáritas Diocesanas y en rifas y eventos en ayuda a los más necesitados. Era un santo, como decían la gente del pueblo que lo conocía desde hace tiempo. Se rumoreaba que en su país había sido un cura en algún lugar de Limerick y que colgó la sotana para poder casarse con una feligresa que murió meses antes de su traslado a Mojácar.
Jacinto Beinhecho, casi de la misma edad que Ian, era su amigo íntimo. Jacinto poseía una pequeña tienda de artículos de regalos que el mismo fabricaba de escayola y que su amigo Ian, por distracción y para acompañarle, le ayudaba pintar con chillones colores. En estas sesiones de taller Ian se bebía a gollete una botella de vino-costa, de garrafa, y cuando se encontraba alegre le decía a su amigo: Jacinto, un día de estos te haré rico y famoso. Jacinto le contestaba que se aligerase que solo le quedaba cuatro años para la jubilación.
Cinco meses después la defunción de Ian Flanagan Jacinto recibió una carta con remite de una notaría de Almería. Tras la comida del mediodía rasgó el sobre y encontró otro sobre abultado con un título escrito a rotulador: "Para ser abierto únicamente por mi gran amigo Jacinto Bienhecho".
Un folio escrito a mano, con letras muy claras, casi de colegial le indicaba que leyera antes los 15 folios grapados que resumía su vida antes de su llegada a Mojácar.
Tardó algo más de una hora en leer los folios y tras esto leyó la carta-testamento de su entrañable amigo.
"Querido amigo, siento haberte mentido pero era necesario para mantener nuestra amistad y mi seguridad personal. Meses antes de llegar a Mojácar huyendo de mis problemas en el Ulster tenía yo 32 años de edad, era un miembro activo del IRA y pesaba sobre mis espaldas 26 asesinatos. Sí, como suena, por entonces yo me consideraba un soldado, un guerrillero, según otros un terrorista, que creía que podíamos expulsar a los ingleses protestantes de nuestra patria. Mi primera acción armada fue la colocación de una bomba en mayo de 1973 en Omagh donde murieron cinco soldados británicos y hubo decenas de heridos. Me sentí fatal por aquel horrible acto hasta que me confesé con el padre O'Flerty, simpatizante del IRA, el cual me consoló diciendo que nosotros, los del IRA estábamos quitando la cizaña del camino de Dios para dejar paso a la buena semilla católica de una Irlanda unificada. Dos años después la dirección del IRA me encomendó una delicada misión en tierra extranjera, en Inglaterra. Tras muchos preparativos que no viene al caso relatar, introduje una potente bomba en un Pub de Birmingham. Una bomba también situada dentro del local que murieron 21 personas y casi un centenar de heridos, todos ingleses y protestantes. Cuando pude volver al Ulster fui convocado por la dirección de la célula a la que yo pertenecía y me dijeron que yo estaba quemado, que los servicios secretos de la República de Irlanda y el poderoso M16 inglés me buscaban como objetivo prioritario. Ellos, mis jefes, se lavaron las manos y tras darme una considerable cantidad de dinero me aconsejaron que me esfumara, preferentemente a un país extranjero.
Mi hermano sí fue un sacerdote católico que colgó los hábitos para casarse con una feligresa. Lo visité, tras muchos años sin vernos y... le robé su pasaporte. Dejé una nota en la que le decía que no denunciara la desaparición del documento, que ya le explicaría, que a él no le servía para nada ya que nunca salía del pueblo y todo el mundo le conocía y le respetaba. Adapté mi rostro a la foto del pasaporte y gracias a que yo tenía un apellido diferente a mi hermano, éramos hijos de la misma madre pero de diferentes padres, me vine a España. Escogí Mojácar porque la colonia irlandesa de expatriados era y es grande. El resto de mi historia tú lo sabes porque las hemos vividos juntos.
Si visitas a una editorial importante en Barcelona casi seguro que te comprarán estas hojas para una novela-documento, "basada en hechos reales" que son las que venden.
Un abrazo fraternal de tu gran amigo Ian F."
Aquella noche de invierno, porque en Mojácar también hace frío durante esa época, la chimenea ardía alegremente intentando calentar la casa de Jacinto. Este, cogió todos los papeles y los quemó al mismo tiempo que se llenaba un gran vaso de agua lleno de vino de Albondón y palpándose el escroto se dijo: Ian Flanagan, por mis muertos, que siempre será recordado en mi pueblo como un caballero, como un humanista que solo supo favorecer al prójimo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

