jueves, 30 de julio de 2020

Cultura y Mente

Cultura y Mente 

Agosto 2020

Intelligenti parca (Al inteligente, pocas palabras)  


Azul de Agosto 1


El Editorial del Blog

La resilencia, el aguante y la adaptación

Desde siempre se dijo que la persona que durante su vida soportó con gallardía cualquier adversidad suele ser más dúctil, más resiliente ante cualquier catástrofe que el individuo que se abate fácilmente. 

La palabra resiliencia se usa para dar a entender que una persona, tras una desgracia o un fracaso social, personal o profesional se levanta sin sufrir ningún trauma depresivo. 

En España una parte de nuestros jóvenes pretende vivir como si nada malo pasara. Nos referimos a esta malévola pandemia de la Covid 19. Es comprensible para esa gente que vive en un estado de complacencia absoluta, de sonrisa bobalicona, de ganas de fanfarria y juergas, antes de la pandemia y en plena pandemia, lo que pretende eludir es el compromiso social. En realidad suelen ser nihilistas a lo pobre, como dijo Umbral en otra ocasión.

No vamos a analizar todo lo que hay alrededor de esta peste. Los políticos hacen lo que les aconsejan sus ineptos consejeros. Los médicos no saben de la misa la mitad, fueron todos sorprendidos por este virus de origen chino.  Todo esto es comprensible. Lo único cierto que hay en esta debacle es que los ciudadanos, ancianos, jóvenes y desnortados deben evitar el contagio rechazando las aglomeraciones y aceptando la profilaxis, que quizá no sea la más acertada pero es la que salió del imaginario: usar mascarillas, evitar el contacto, asearse con esmero y no embriagarse con esa frase  manida y estúpida "Aquí no pasa nada".

¿Por qué una parte de nuestros jóvenes y no tan jóvenes son tan inconscientes? Por una falta de madurez emocional. Viven aferrados  al eterno complejo de Peter Pam y a la Ley del Mínimo Esfuerzo, desean ser niños para vivir protegidos siempre por sus padres. Solo son hombres para folgar sexualmente, ingerir alcohol y buscar los paraísos artificiales de las drogas. Si en los años 60 del pasado siglo un chico de 25 años de edad era ya un señor, como antes se decía, porque estaba casado, era capaz de mantener un hogar con su salario y  tenía un futuro por delante, hoy en día estos chicos creen que tener 25 o 30 años de edad  es demasiado pronto para entrar en la adultez.

La juventid actual corre un serio peligro por culpa de esta pandemia a pesar que  ellos buscan ignorar la realidad del contagio
pretendiendo usar el aforismo jurista "Ignorantia juris non excusat" Si algunos de ellos cae en las redes víricas de la Covid 19 ya no le valdrá decir "yo no sabía que estando en aquel lugar iba a contagiarme"

El tipo de vida que nos obliga a padecer el coronavirus, esas leyes casi dictatoriales que nos imponen los gobiernos de todo el mundo, la ignorancia supina de la comunidad científica, el dar palos al agua, la confusión que nos somete las redes sociales y los medios de comunicación y toda esa simplezas que tenemos que oír de unos y de otros conforman los eslabones de esa pesada cadena llamada incertidumbre. Ante esto debemos ser todos resilientes, debemos adaptarnos a este triste teatro que la historia nos ha endorsado. 

Don Antonio Machado dijo "Todo pasa y todo queda" Nosotros nos atrevemos a decir Todo llega, pasa y se olvida con el tiempo. Esperemos que así sea y pronto.  
 

miércoles, 29 de julio de 2020

Un relato de mi libro "Carta a Silvia y otros Cuentos"

Pilar   (Un cuento editado en 1992)

Pilar se encontraba muy nerviosa. No pudo dormir aquella noche; cuando estaba sumergiéndose en el agradable sopor del sueño la claridad de un nuevo amanecer perturbó su descanso. 

 Salió a la calle y se dirigió al Gran Café. De espalda a la puerta de entrada de la cafetería un hombre leía el periódico sentado frente a un humeante café. Su blasier azul oscuro y sus cabellos, algo canosos, rizados en la nuca fueron la contraseña.

-Buenos días - saludó Pilar con la cortedad de una joven quinceañera.
-Buenos días ¿Usted es Pilar, supongo? - Preguntó el hombre levantándose para estrecharle la mano y cederle un sitio frente a él.
-Lo mejor será tutearnos ¿no le...te parece?
-Por supuesto. Si hemos acudido a una cita para conocernos debemos romper cualquier tipo de formalidad.

Después de esta introducción animada con una charla insustancial, para llenar el tiempo, Rafeal Villalonga, que así se llamaba el apuesto caballero, le explicó que él trabajaba como agente inmobiliarios, que era soltero y que dentro de unos meses cumpliría cincuenta años de edad. Por su parte ella le dijo a modo de contestación que se llamaba Pilar Otaola, ex-profesora de EGB, viuda y seré sincera, -exclamó coquetamente-  ya tengo sesenta y dos años de edad. Tras una pausa iluminada por expresivas miradas Pilar explicó que ella no solía acudir a citas de este tipo con hombres que se anunciaban en la "Sección Amistad" de la revista MoMo. No, de verdad, insistió, esta es la primera vez que lo hago.
-Por favor, no tienes que justificarte. A veces hacemos lo que hacemos porque sí.

Pilar sintió por todo su cuerpo un despertar lascivo con una mezcla de temor a lo desconocido y un destello de deseo carnal, sí, carnal. Ella no estaba muerta pese a sus 62 años de edad, nunca había estado con un hombre desde que falleció su esposo hace doce años. ¿Por qué se despertó ese deseo? Quizá porque nunca tuvo ningún estímulo para sentirlo.  ¿Qué harían después de la cena? -pensó Pilar mientras que Rafael le estaba explicando no se qué de un castillo que vio en Burgos. ¿Podría ella satisfacer las fantasías eróticas de su guapo galán? ¿Dónde lo haría, en su casa o en un hotel?

Tras la cena Pilar se ausentó unos minutos de la mesa para retocarse el rouge e iluminar los ojos con una gotas de Bram. Volvió a la mesa donde Rafael, ya levantado, la esperaba. 
Antes de salir del local Rafael la tomó delicadamente por el codo, le miró a los ojos y le confesó: Pilar, olvidé decirte que soy gay.

lunes, 27 de julio de 2020

La espada del moro

La espada del moro (Un relato para leer en el mes de agosto)

Verano del año 1986. Jacinto y Rafael a bordo de sus motos enduro enfilaron el ascenso por aquel sendero que conducía hasta la Fuente del Río Hierva. Casi en la cima de Sierra Nevada. Tras tomar un café y una copita de anís en el bar del pueblo salieron de la civilización para introducirse en un bosquete de tupidos árboles y salir después a una loma despejada donde el carril comenzaba a trepar hasta la cota de los 2.600 metros de altitud.

El día era magnífico. Un cielo azul se clareaba a medida que el sol subía en el horizonte. El sendero o antiguo camino de herradura ascendía elegantemente; a la derecha el barranco por donde transcurría el río truchero Hierva, a la izquierda una pared y a veces un calvero, pelado y agostado. Las motos subían en primera velocidad, casi se notaba hervir el agua dentro de los radiadores. Al llegar a un llanete frente a una caseta forestal y a una gran noguera los motoristas decidieron parar para desayunar. Dejaron sus monturas en la sombra, ellos se despojaron de las cazadoras de motoristas, de los guantes y de los cascos empapados en sudor. Jacinto sentado en la sombra junto a su amigo sacó un tupper con una suculenta tortilla de papas y pimientos y unos filetes empanados. La bota de vino aún no se había recalentado, unos largos tragos limpió los gaznates de los aventureros serranos.

El lugar de descanso era ideal, había sombra y brisa fresca. Sería sobre las 10 am  Se preguntaron como viviría el guarda forestal, hasta no hace mucho, en este apartado lugar, cubierto de nieve desde noviembre hasta abril.

Tras el merecido descanso para desayunar prosiguieron en su ruta hacia la Fuente o lugar de nacimiento de aquel río tan importante para los pescadores de truchas comunes. 

Jacinto dio un grito de alegría cuando tras una curva revirada apareció un rústico cartel que anunciaba que aquello era la Fuente del Río Hierva. El lugar era magnífico y más aún cuando apagaron los motores y el silenció los envolvió.  Hacia la izquierda un nevero aún blanquecía a pesar de ser pleno mes de agosto. El agua se derramaba ladera abajo hasta cerca de la fuente. Los dos amigos decidieron acercarse a la nieve a pie.  
Cuando ambos amigos subían casi a gatas sobre las lastras de pizarra observaron un reciente derrumbe o corrimiento de tierra debido, quizá al deshielo. Algo brillaba allí.  Se acercaron y observaron que era el pomo de una espada. La sacaron con sumo cuidado. Estaba intacta. Apenas unas manchas de óxido que  no pudieron disimular la belleza de aquella corta espada curva. Se notaba que era un amuleto o una pieza empleada en cualquier ritual del tiempo de los moriscos que alguien enterraría por allí cuando la cabalgada de don Juan de Austria.

Se jugaron a cara o cruz quién se quedaría con esta joya. Rafael fue el afortunado.
 Cuarenta años después, cuando Jacinto visitaba la casa de su amigo Rafael, no podía apartar la mirada de ese bello objeto morisco, la espada mora, que se exhibía en una vitrina situada en lugar preferente del gran salón de la casa. 

domingo, 26 de julio de 2020

Azul de Agosto 2


Un libro de mi biblioteca

Aquel Verano

(Son 33 relatos cortos de otros tantos autores)

Luis Mateo Díez. Aquel Verano del 47.
"El del 47 es el verano más antiguo del que tengo memoria . La memoria infantil es caprichosa pero fiel. Mi hermano y yo, a pesar que éramos niños, fuimos en representación de nuestros padres, a una boda. Recuerdo que la furgoneta del panadero nos dejó en la casa de la novia. Antes de ir a la iglesia tuvimos que desayunar otra vez. Las tres horas y media que duró el banquete nos las pasamos comiendo. No podíamos más, pero a pesar de un eminente empacho seguimos hasta entrar ambos en un profundo sueño. 
El verano del 47 fue un tiempo antiguo y precario y la gente, a pesar de las escaseces, tiraba la casa por la ventana cada vez que celebraban algo importante"

Luis García Montero. Aquel Verano del 66.
"Para nuestra familia el verano era el mar con sus mañanas de playa y sus tardes de aventuras entre las cañas de azúcar. El verano significaba también un estado de la imaginación, el primer paisaje del deseo o del recuerdo.
El verano familiar era como una liturgia cumplida paso a paso. En los últimos días de junio, apenas nos daban las notas, mi madre empezaba a organizar el viaje y nos uniformaba, a mí y a mis cuatro hermanos, todos vestíamos iguales. 
El viaje de Granada a la costa era lento y dificultoso. Llegar significaba de verdad llegar, un alivio, un regreso a la felicidad, algo mucho más importante que el mar azul y la casa blanca de mi tío"

Carlos Bousoño. Aquel Verano del 74.
"Repasando en mi memoria los distintos veranos en que fui especialmente feliz, encuentro que todos ellos han transcurridos en la isla de Ibiza.
En casa, junto a mi mujer nos reuníamos bastantes amigos. Un día se le ocurrió a alguien del grupo usar la tabla ouija. Yo solo miraba, algunos amigos movía la ficha. No se como funciona pero pregunté  para que la ouija me dijera una fecha señalada. Me la dijo con una respuesta exacta, la de una fecha que fue trascendente para mí y que nadie de los presentes conocía. 
En Ibiza conocimos a la supuesta princesa Smylia, amiga de Ursula Andres, aunque la persona más interesante que conocimos fue Robin Maugham, autor teatral y famoso por su film The Servant"